Comparto con Uds. carta reflexión de un amigo y
hermano en Cristo-Jesús
Podría
dedicar mucho espacio para explicarte el sentido que tiene para mí lo sagrado,
pero tal vez no sea oportuno conversar de esto; ése podría ser motivo de otro
diálogo más adelante. Tampoco deseo detenerme en el motivo de tu causa.
Respecto de aquello sólo quiero decirte que la forma de expresar tus
convicciones no ayuda a dialogar, más aun en un tema tan importante como el que
motiva tu actuación. Fíjate que en eso ambos coincidimos, para ti y para mí el
motivo de tu causa es muy importante. Ojalá ello pueda dar ocasión para
encontrarnos en una conversa más pausada.
Sin
ánimo de juzgarte, ni menos de justificarte, al ver las imágenes que se
publican con las consecuencias de tu irrupción y al dar una mirada a alguna de
tus pancartas, debo reconocer que me han entristecido, me dejan cabizbajo y
pensativo. Igualmente he leído las reacciones de algunos de mis compañeros de
fe y también me preocupan.
Estoy
triste y pensativo porque siento que, como cristianos, más de algo hemos
realizado mal para ser tratados como enemigos.
Sí,
porque pienso, una y otra vez, que si Jesucristo se hubiera quedado más tiempo
en la tierra habría encontrado la manera de interpretar tu sufrimiento y tu
frustración. Tal vez se habría hecho encontrar en alguna esquina de tu barrio y
hoy ustedes serían amigos. Estoy seguro, que Él habría compartido contigo
aquellas historias hondas que han marcado tu vida. Estoy seguro que Él, sin
condenarte, te habría ofrecido su hombro donde llorar en confianza tus penas;
te habría regalado uno de esos encuentros inolvidables que marcan a fuego la
amistad. En verdad, no logro imaginar algún problema, de esos que azotan tan
duramente la vida, donde Él no hubiera estado a tu lado. Es impresionante, pero
estoy seguro que en Él habrías encontrado a una buena madre, a un buen padre, a
un hijo agradecido, a un amigo leal o a un amado fiel.
Es
así como yo caigo en la cuenta que, antes de fallarte a ti, hemos fallado a
Jesucristo. Porque, pese a ser nosotros tan piadosos, no hemos logrado
transmitirte la mejor imagen y semejanza de Dios. Nos han traicionado nuestras
certezas y convicciones, nos hemos dejado engañar por la propia vanidad y, en
vez de mostrar a Jesucristo, hemos revelado lo más pequeño nuestro. Entonces,
cuando tú necesitabas cariño, te enseñamos rezos; cuando querías llorar, te
llenamos de cumplimientos; cuando golpeaste nuestra puerta, te ofrecimos dogmas
y legalismos.
Luego,
al recordar tu irrupción violenta en la catedral, quiero volver la mirada a
Dios y pedirle perdón por no haber llegado a tiempo a tu vida, porque con
nuestros actos no has podido descubrir el rostro amoroso de Dios; porque
nuestras contradicciones, como seguidores de Jesucristo, te han privado de la
esperanza, tanto que nos hemos convertido en tus enemigos.
Fíjate que me acuerdo de una Plegaria Eucarística que a veces rezamos y que
dice: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos
el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a
mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu
Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y
de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando…”.
Hoy
resuena en mi conciencia aquella plegaria, como si tú hubieras perdido la
esperanza porque no encontraste -en nuestros actos- motivos para seguir
esperando. Ojalá que en adelante tengas tú más
paciencia y yo más audacia para encontrarnos en un necesario diálogo.
Marco Antonio Velásquez Uribe
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